Por: Daniel Salazar
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Estilo libre
A nadar aprendí en las ollas del río Risaralda,
lindo lugar de arena negra y lodo color cafe.
Entre amigo de chapoteada desde lo alto de la garrucha
se formó la competencia de valentía,
cinco metros de altura en donde el aire acariciaba rostros infantiles;
el agua caliente alegre daba la bienvenida.
Entre clavado y cruzada de riberas,
me olvide de ir a clase de natación.
En la piscina quedó el profe esperando,
mi padre se ahorró unos pesos,
el río ganó otro amigo.
De mi amigo aprendí tanto y tan ingrato que nunca tampoco volví.
Ahora nado intentando no ahogarme y sin instructor,
en este mundo pseudo adulto.







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